Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Mi hermano, que en su vida había entrado en paraje tan suntuoso, se estuvo empapando largo rato en tantísimos primores como atesoraba aquella estancia, y juzgando de su ventura por la magnificencia que presenciaba, apenas podía contener su alborozo. Pronto oyó un gran bullicio causado por una cuadrilla de esclavas joviales que se acercaron a él dando carcajadas, y en medio de ellas advirtió una señorita de peregrina hermosura, que se daba fácilmente a conocer como ama por los miramientos que merecía a todas. Bakbarah, que se prometía una conversación particular con la dama, se quedó pasmado al verla llegar con tanto acompañamiento. Sin embargo, las esclavas se revistieron de mucha gravedad al acercársele, y cuando la beldad estuvo junto al sofá, mi hermano se levantó y le hizo su rendida cortesía. Ocupó la joven el asiento principal, y habiéndole rogado que volviera a sentarse, le dijo con semblante risueño:

—Me alegro mucho de veros, y os deseo cuanta ventura podáis apetecer.

—Señora —le respondió Bakbarah—, ninguna mayor puede caberme que la honra de presentarme ante vuestros ojos.

—Me parece que tenéis el genio festivo —replicó— y que estaréis dispuesto a que pasemos alegremente el tiempo juntos.


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