Las mil y una noches
Las mil y una noches Mi hermano se había adelantado en demasía para retroceder. Desnudóse, y, entretanto, la dama se quitó el vestido y se quedó en ropas menores para poder correr con más ligereza. Cuando estuvieron prontos para emprender la carrera, la dama tomó veinte pasos de delantera y echó a correr con velocidad imponderable. Mi hermano la siguió a todo escape, no sin mover la risa de todas las esclavas que estaban palmoteando. La dama, en lugar de perder la ventaja que al pronto le llevaba, iba ganando cada vez más terreno, le hizo dar dos o tres vueltas por la galería, y luego se metió por un pasadizo obscuro, escapándose por una revuelta que tenía muy sabida. Bakbarah, que la seguía siempre, habiéndola perdido de vista en el pasadizo, tuvo que ir menos aprisa, a causa de la obscuridad. Al fin divisó una luz, hacia la cual se encaminó, y salió por una puerta que al punto se cerró a su espalda. Imaginaos su asombro cuando se halló en una calle de los curtidores. No quedaron éstos menos pasmados al verle en camisa, con las cejas pintadas de encarnado, sin barba ni bigotes. Empezaron a palmotear, a acosarle con gritos, y algunos echaron a correr tras él y le midieron las nalgas con sus pieles. Detuviéronle al fin, y, montándole en un asno que encontraron casualmente, le pasearon por la ciudad en medio de las mofas de toda la plebe.