Las mil y una noches
Las mil y una noches »Yo no contestaré la menor palabra a esta arenga, a fin de aumentar su extrañeza y su quebranto; ellas se arrojarán a mis pies, y cuando hayan pasado largo rato en aquel ademán, suplicándome que me deje ablandar, levantaré finalmente la cabeza, les echaré una mirada distraÃda, y volveré a la idéntica postura. Juzgando ellas que mi mujer no estará bastante bien vestida y aderezada, la acompañarán a su retrete para mudarla, y entretanto yo también me levantaré y me pondré un vestido aun más magnÃfico que el anterior. Volverán ellas otra vez a la carga; me hablarán en los mismos términos, y yo me complaceré en no mirar a mi mujer hasta tanto que me hayan rogado y suplicado con las mismas instancias y tanto rato como la vez primera. AsÃ, principiaré desde el primer dÃa del matrimonio a enseñarle el modo con que pienso tratarla todo el tiempo de su vida. Pasadas las ceremonias nupciales, tomaré de la mano de uno de mis criados, que estará a mi lado, una bolsa de quinientas monedas de oro y la daré a las doncellas para que me dejen solo con mi esposa. Cuando se hayan retirado, mi mujer se acostará primero, y en seguida me acostaré yo, dándole la espalda, y asà pasaré toda la noche sin decirle una sola palabra. Al dÃa siguiente no dejará ella de quejarse a su madre, la mujer del gran Visir, del poco aprecio que le manifiesto y de mi orgullo; y entonces mi corazón rebosará de placer.