Las mil y una noches
Las mil y una noches »Vendrá su madre en busca mÃa, me besará las manos con respeto y me dirá:
»—Señor (pues no se atreverá a nombrarme su yerno por temor de ofenderme hablándome con demasiada familiaridad), ruégoos encarecidamente no os desdeñéis de mirar a mi hija y acercaros a ella; os aseguro que ella no trata sino de agradaros, y os ama con toda su alma.
»Pero por más que hable mi suegra, yo no le contestaré palabra, y me mantendré cabal en mi gravedad.
»Entonces ella se arrojará a mis pies, me los besará repetidas veces y me dirá:
»—Señor, ¿podrÃais poner en duda el recato de mi hija? Júroos que la he tenido siempre a mi lado, y que sois el primer hombre que le ha visto la cara; cesad de tenerla tan apesadumbrada; concededle la gracia de mirarla, de hablarla y de fortalecerla en la buena voluntad que tiene de satisfaceros en todo y por todo.
»Nada de esto me inmutará, y al verlo, mi suegra tomará un vaso de vino, y poniéndolo en la mano de su hija, le dirá:
»—Preséntale tú misma este vaso de vino; no cabe que tenga la crueldad de rehusarlo de una mano tan bella.