Las mil y una noches

Las mil y una noches

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»Mi mujer se llegará con el vaso, y permanecerá de pie y temblorosa delante de mí; y cuando vea que yo no me vuelvo a mirarla y me aferro en mi desaire, me dirá, bañados en lágrimas los ojos:

»—Corazón mío, alma mía, amable señor mío, os ruego, por los favores que el Cielo os dispensa, que me hagáis la merced de recibir, este vaso de vino de la mano de esta más humilde servidora vuestra.

»Yo, no obstante, tendré buen cuidado de no mirarla todavía ni responderle.

»—Querido esposo mío —continuará ella, bañada más y más en su llanto, y acercándome el vaso a la boca—, no pararé hasta que haya conseguido que bebáis.

»Cansado ya de sus ruegos, le lanzaré una mirada terrible y le daré un bofetón en la cara, repeliéndola con el pie tan fuertemente, que irá a caer a la otra parte del sofá.

Tan absorto estaba mi hermano en estas quiméricas ilusiones, que representó al vivo la escena con el pie, y quiso su mala suerte que diera tan recio con su canasta llena de vidrio, que de lo alto de su tienda la echó a la calle, quedando, por consiguiente, toda su mercancía hecha mil pedazos.

El sastre, su vecino, que había oído aquel extravagante soliloquio, dió una gran risotada cuando vió caer la canasta.


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