Las mil y una noches
Las mil y una noches —¡Oh! ¡Qué malvado eres! —le dijo a mi hermano.
—¿No debieras morirte de vergüenza en ajar a una novia que ningún motivo de queja te ha dado? ¡Muy brutal debes de ser que desoigas el llanto y los halagos de una señorita tan preciosa! Si yo me hallara en lugar del gran Visir tu suegro, te mandarÃa dar cien corbachadas, y te harÃa pasear por la ciudad con las alabanzas que mereces.
Con este fracaso, volvió en sà mi hermano, y viendo que su orgullo insufrible era causa de lo que le hubiese sucedido, golpeóse la cara, rasgóse los vestidos y se puso a llorar dando alaridos, a los que pronto acudieron los vecinos y se detuvieron los transeúntes que iban a la oración del mediodÃa, los cuales pasaban en mayor número que los demás dÃas, porque casualmente era viernes.