Las mil y una noches
Las mil y una noches Los unos se compadecieron de Alnaschar, y los otros no hicieron más que reírse de su extravagancia; pero lo cierto es que la vanidad que se le había subido a la cabeza se había disipado con su hacienda, y él seguía llorando amargamente su mala suerte, cuando vino a pasar por allí una señora de posición, montada en una mula ricamente enjaezada. Movióla a compasión el estado de mi hermano, y preguntando quién era y por qué lloraba, le dijeron únicamente que era un infeliz que había empleado el poco caudal que tenía en la compra de una canasta de vidrio, y que ésta se le había caído, rompiéndose toda la vidriería.
Al punto se volvió la señora hacia un eunuco que la acompañaba, y le dijo:
—Dadle lo que llevéis encima.
Obedeció el eunuco, poniendo en manos de mi hermano un bolsillo con quinientas monedas de oro; y fué tal el gozo que recibió mi hermano con aquel dinero, que dió mil bendiciones a la señora, y cerrando la tienda, donde ya no era necesaria su presencia, marchóse a su casa.
Estaba haciendo mil reflexiones sobre la gran ventura que acababa de tener, cuando oyó llamar a la puerta; antes de abrir preguntó quién era, y conociendo por la voz que era una mujer, abrió y ella le dijo: