Las mil y una noches
Las mil y una noches Transcurrió otro año, y Camaralzamán volvió a dar una respuesta negativa a los ruegos de su padre, el cual, indignado al fin, le mandó encerrar en una de las torres del palacio, sin otra servidumbre que un eunuco.
El PrÃncipe, lejos de apenarse, sintió una gran alegrÃa, porque asà tenÃa tiempo para dedicarse a sus estudios.
En la misma torre que servÃa de prisión a Camaralzamán existÃa un pozo en el que se albergaba el hada Maimocene. Cierta noche que el PrÃncipe dormÃa, salió el hada del pozo y se quedó extasiada contemplando la belleza sin igual del hijo del Sultán, y le besó en ambas mejillas sin despertarle. En aquel instante sintió un batimiento de alas, y el hada remontó su vuelo hacia la parte de donde procedÃa el rumor y reconoció a un Genio llamado Dauhasch.
El Genio se estremeció de espanto al ver el hada, pues sabÃa que ésta tenÃa sobre él una superioridad incontestable, porque no era rebelde a Dios.
—Maimocene —le dijo con acento suplicante—, si me prometes no hacerme daño, te contaré un hecho sorprendente.
—Habla —contestó el hada—; te prometo lo que pides.