Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—¿Has pensado en lo que te hablé hoy hace un año, acerca de mis proyectos da casarte?

—Señor —replicó el Príncipe—, lo he pensado, y muy seriamente, y estoy firmemente resuelto a no contraer matrimonio.

Dicho esto en forma irreverente, volvió las espaldas a su padre y salió del aposento.

El Sultán, hondamente apenado, se dirigió a las habitaciones de la madre del Príncipe para que ésta secundase sus planes; pero la intervención de Fátima no dió mejores resultados.

—Madre mía —contestó Camaralzamán a las insistencias de aquélla—, no dudo de que existe en el mundo un número muy considerable de mujeres discretas, amables y virtuosas, pero la dificultad consiste en acertar en la elección, y el temor de equivocarme es lo que me retrae. Además, tampoco sería yo libre para elegir la que me agradase más, pues ante todo habría que atender a las conveniencias del Estado. ¿Qué esposa me elegirá el Sultán mi padre? Una princesa, hija de cualquier rey vecino nuestro, y bella o fea tendría que soportarla. Mas suponiendo que mi presunta esposa fuese un dechado de hermosura, ¿quién puede asegurarme que sería a la vez buena, amante, virtuosa? Así, pues, repito que jamás me casaré.

Y no hubo medio de convencer al obstinado Príncipe.


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