Las mil y una noches
Las mil y una noches —Señor, el PrÃncipe es todavÃa muy joven para soportar la pesada carga del gobierno del Estado. Teme Vuestra Majestad que el ocio lo pervierta; pues bien, ¿no serÃa mejor casarlo?
Pareció bien al Sultán el consejo y llamó en seguida al PrÃncipe.
—Hijo mÃo —le dijo—, ¿sabes para lo que te he hecho venir?
—Lo sabré, señor, cuando Vuestra Majestad tenga la bondad de decÃrmelo.
—Pues bien, te he llamado para decirte que quiero casarte; ¿qué te parece?
El PrÃncipe contestó, tras un momento de silencio y de turbación manifiesta:
—Señor, como soy tan joven aún, no esperaba que me hicierais semejante pregunta. No sé —agregó— si podré resolverme algún dÃa a soportar el yugo del matrimonio, no sólo porque las mujeres molestan demasiado, sino también porque he leÃdo en nuestros autores que son maliciosas y pérfidas.
—Debes tener en cuenta, sin embargo —repuso el Sultán desconcertado—, que un prÃncipe como tú, destinado a gobernar un gran reino, es preciso que piense en tener descendencia que le suceda en el trono.
Dicho esto, le mandó que se retirase.
Al cabo de un año le volvió a llamar y le dijo: