Las mil y una noches
Las mil y una noches —Padre mÃo —le contestó la hermosa joven—, no dudo de que al casarme tratáis de asegurarme la dicha, y estos sentimientos no puedo por menos de agradecéroslos. Mas decidme, ¿al lado de qué rey podré tener los tesoros, los palacios, las alegrÃas de que gozo junto a Vuestra Majestad? Mas aunque nada de esto me faltase y tuviese todos los honores, que aquà se me rinden como si fuese reina, los hombres quieren siempre mandar y yo no estoy dispuesta a obedecer a nadie, excepción hecha de mi padre. He dicho a Vuestra Majestad que jamás me casaré, y no obstante insistÃs en vuestros propósitos. Pues bien, si me volvéis a hablar de matrimonio, me clavaré un puñal en el pecho para librarme de vuestras importunidades.
—¡Hija desnaturalizada! —exclamó el rey de la China—; estás loca y como tal serás tratada.
Marcháronse los embajadores y el Rey mandó que encerrasen a su hija en una reducida habitación de los siete palacios, poniendo a su servicio únicamente dos esclavas, una de las cuales es su nodriza.
—Bella Maimocene —prosiguió el Genio—, yo voy todos los dÃas a contemplar esa beldad incomparable, y a pesar de mi maldad instintiva, no me ha pasado jamás por las mientes ocasionarle el más ligero daño. Ven conmigo, te lo ruego; vamos a verla.