Las mil y una noches
Las mil y una noches —¡Has querido burlarte de mÃ! —exclamó el hada—. Dijiste que me contarÃas un hecho sorprendente y te sales con una simpleza. ¿Qué dirÃas, pues, si hubieses visto, como yo, al más hermoso de los prÃncipes? Y, a propósito, ¿sabes que le ocurre exactamente lo mismo que a la Princesa de quien me has hablado? Está encerrado en una torre, de la que acabo de salir después de haberlo contemplado con arrobamiento.
—No quiero contradecirte —repuso el Genio—; pero hay un medio, para convencerte de que te he dicho la verdad: ven conmigo a ver la Princesa y luego me enseñas el PrÃncipe.
—No es preciso que yo me moleste —contestó el hada—; ve por la Princesa y tráetela en seguida a la torre.
Dauhasch obedeció, y a los pocos momentos estaba de vuelta transportando a la Princesa dormida, que depositó en el mismo lecho donde descansaba el PrÃncipe.
Largo rato discutieron el hada y el Genio sobre cuál de los dos jóvenes era el más hermoso, hasta que, impacientada, Maimocene golpeó el suelo con el pie y al punto apareció un Genio horrible que fué a postrarse a los pies del hada.
—Levántate, Caschach —le dijo Maimocene—. Te he llamado para que decidas nuestra disputa y digas francamente quién es el más hermoso de esos dos jóvenes, si la mujer o el hombre.