Las mil y una noches
Las mil y una noches —Puesto que no me lo queréis vender, entiendo que me lo regaláis. AsÃ, pues, marchaos en seguida si no queréis que confisque el cargamento y mande quemar el buque.
Bherán obedeció, rebosante de ira, y proyectando su venganza.
Margiana condujo a Assad a sus habitaciones y le obligó a sentarse a su lado en el mismo sofá, diciéndole:
—Ya no sois esclavo; sentaos, pues, y contadme vuestra historia.
Assad obedeció y le hizo un relato fiel de toda su vida.
—PrÃncipe —le dijo la Reina cuando éste terminó—, a pesar de la aversión que siento por los Adoradores del Fuego, siempre los he tratado con humanidad; pero, en vista de los bárbaros tratamientos de que os han hecho objeto, les declaro desde este momento una guerra despiadada.
Margiana sentó al PrÃncipe a su mesa, y cuando terminó la comida, Assad salió a pasear por los alrededores del palacio y descuidadamente se durmió junto a una fuente, donde le sorprendió no sólo la noche sino los hombres de Bherán, que se apoderaron de él y le condujeron a bordo. El buque se hizo a la vela inmediatamente, y Assad, cargado de cadenas, fué depositado en la bodega.