Las mil y una noches
Las mil y una noches El hijo del mercader juró no sentar a su mesa a ningún vecino de Bagdad, sino a un extranjero cualquiera, que no debería jamás acompañarle a cenar más que una sola vez, fuese quien fuese, y siguió esta conducta por espacio de mucho tiempo con auxilio de la cantidad modesta, pero decente, que debía a la generosidad de su buena madre.
Una tarde estaba Abou-Hassan, como de costumbre, a la entrada de uno de los puentes de la ciudad, cuando pasó por allí el califa Haroun-al-Raschid disfrazado de mercader y seguido de un esclavo alto y robusto que acompañaba por lo común al soberano en este género de correrías. Abou-Hassan, creyéndole efectivamente mercader y extranjero en la ciudad, se acercó al Califa y le invitó a cenar en su casa con la condición expresa de que nunca volvería a poner los pies en ella concluida la cena.