Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Os agradezco la voluntad —replicó Abou-Hassan—, pero no soy ambicioso; sin embargo, voy a abriros mi corazón, porque hay una cosa que me produce verdadera pena. El Imán que reza las oraciones en la mezquita de nuestro distrito, es un viejo miserable, hipócrita y de mala lengua, que se reune todos los días con cuatro infames viejos como él para murmurar de los vecinos, a quienes calumnian y ofenden del modo más indigno. Quisiera yo ser califa por espacio de veinticuatro horas para mandar que a cada uno de dichos viejos se le diesen cien palos en las plantas de los pies, y ver si entonces dejaban en paz a los habitantes honrados y pacíficos.

—No me parece muy difícil conseguir lo que deseáis, y desde luego os aseguro que interpondré mi influjo para que el Califa os abandone un día las riendas del poder.

—Veo que os burláis de mi loca imaginación y de la extravagancia de mi deseo, porque es imposible que Haroun acceda a esta ridícula pretensión mía.

—Allá veremos —replicó el supuesto mercader—, pero en el ínterin, permitidme que os sirva de beber antes de irnos a descansar.

Y el Califa, con la mayor destreza, vertió unos polvos, que siempre llevaba consigo, en la copa de Abou-Hassan. Bebióla éste de un solo trago, y en el acto cayó al suelo sumido en el más profundo letargo.


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