Las mil y una noches
Las mil y una noches Llamó el Califa al esclavo negro, y poniéndose un dedo en la boca para recomendarle silencio, le mandó que cargase con Abou-Hassan, tomando bien las señas de la habitación para llevarle cuando fuese necesario. Dirigiéronse los tres a Palacio y entraron por una puerta secreta, sin ser vistos de nadie a causa de lo avanzado de la hora. El Califa ordenó que Abou-Hassan fuese despojado del traje que vestía y colocado en su propio lecho; en seguida hizo comparecer a su presencia al gran Visir, a los emires y a los altos oficiales de su corte para decirles que debían considerar a aquel hombre durante veinticuatro horas como a su señor y soberano, obedeciéndole ciegamente en cuanto se sirviera mandarles. Todos comprendieron que el Califa, muy aficionado a las aventuras, quería divertirse a costa de Abou-Hassan, y se inclinaron profundamente en señal de respeto y sumisión.
Haroun, oculto tras una celosía espesa, debía gozar del extraño espectáculo que se preparaba. Al amanecer se acercó al lecho Mesrour, jefe de los eunucos, y frotó con una esponja empapada en vinagre las narices de Abou-Hassan, que se despertó al momento.
Creyó al principio que era víctima de una pesadilla, viéndose en aquella espléndida habitación, rodeado de los señores de la Corte, y quiso volverse del otro lado para seguir durmiendo, pero Mesrour se lo impidió dirigiéndole la palabra en estos términos: