Las mil y una noches
Las mil y una noches —No hay otro Dios sino Dios —exclamó dando un suspiro—, y todos debemos acatar su voluntad suprema. He venido a convencerme por mis propios ojos de la desgracia que os ocurre, porque nuestra señora Zobeida sostiene que vos sois el muerto y no vuestra esposa, por más que el Califa se empeña en persuadirla de lo contrario.
—Pues ya veis que no engañé a Su Majestad, y que es real y verdadero el pesar que me destroza el alma.
—No os dejéis, sin embargo, dominar por el dolor y acordaos de que es preciso vivir para rogar a Dios por la difunta.
Mesrour salió a dar cuenta de su mensaje.
Entonces, Abou-Hassan, temeroso de que volviera, echó el cerrojo a la puerta.
—Ya hemos representado una nueva escena —dijo a su mujer—, pero no será la última, porque la Sultana enviará por su parte a otro emisario para que se cerciore de la verdad. Esperemos detrás de las celosÃas.
Y marido y mujer se pusieron en acecho. Entretanto, el Califa, llevado de la fogosidad de su carácter, exclamó al ver entrar a Mesrour:
—Habla pronto: ¿quién es el que ha muerto? ¿La mujer o el marido?