Las mil y una noches
Las mil y una noches Alí Babá contó a su mujer en secreto la extraordinaria aventura, y se dispuso luego a enterrar el tesoro para guardarlo con toda seguridad.
La mujer quiso saber a cuánto ascendía el tesoro; el marido le dijo juiciosamente que lugar tendría de contarlo; pero ella se obstinó en ir por una medida a casa de su cuñada, la esposa de Cassim, no sin que Alí le recomendase la mayor discreción y reserva.
Como Alí Babá y su mujer eran tan pobres, extrañó mucho su parienta que tuviesen granos que medir, y como no fué posible que la mujer de Alí le dijera una sola palabra, a pesar de sus preguntas, untó con sebo el interior de la medida a fin de averiguar el misterio, como en efecto lo consiguió, porque la medida, al ser devuelta, llevaba pegada al borde una moneda de oro. Cassim y su esposa no podían explicarse el enigma, y lejos de sentir alegría por la suerte de Alí Babá, concibieron la más negra envidia al considerar que medía oro como si fuese trigo. Cassim fué en busca de su hermano para interrogarle con altanería sobre el cambio repentino de su suerte, y Alí Babá, viéndose descubierto, tomó el partido de contar a Cassim la historia de los ladrones, diciéndole exactamente los medios de que había de valerse para penetrar en la gruta, de los ladrones.
Cassim era avaro, y ambicioso por consiguiente; así es que fué al amanecer del otro día con diez mulas y diez cofres al lugar designado por Alí Babá.