Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Inmediatamente se abrió una puerta construida en el peñasco, puerta que volvió a cerrarse apenas entraron todos los ladrones.

Alí Babá tuvo intenciones de bajar del árbol, apoderarse de dos o tres caballos y huir al pueblo cercano; pero el miedo lo dejó quieto.

No hubo de esperar mucho: a los pocos momentos salieron de la roca los malhechores.

—¡Sésamo, ciérrate! —dijo el capitán.

Y la puerta se cerró instantáneamente.

Montaron luego a caballo con los sacos vacíos, alejándose en la misma dirección por donde habían venido. Cuando Alí los hubo perdido de vista, fué a la roca, repitió las palabras misteriosas que había oído y entró, no en una cueva obscura, como creyera al principio, sino en un local espacioso, claro y lleno de ricas telas, de alhajas y de sacos repletos de monedas de plata y oro. Alí Babá no dudó un momento sobre el partido que debía tomar, así es que, despreciando las telas, se apoderó de los sacos que pudo, en cantidad bastante para hacer su fortuna.

—¡Sésamo, ciérrate! —dijo a la puerta para que se cerrase, y en seguida cargó de oro los tres asnos, que a los palos de su amo corrían desesperadamente por aquellos campos en dirección a la ciudad.


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