Las mil y una noches
Las mil y una noches Llegado el Visir a Samarcanda, el rey de Tartaria le acogió con grandes demostraciones de júbilo, y le pidió en seguida noticias de su hermano el Sultán. El Visir satisfizo su curiosidad, y acto seguido le expuso el objeto de su embajada.
—Sabio Visir —contestó el Rey—, el Sultán, mi hermano, no podía proponerme cosa alguna que me fuese más grata. También yo ardo en deseos de verle. Mi reino está tranquilo y sólo necesito diez días para estar en condiciones de ponerme en, camino; así, pues, te ruego que te detengas ese tiempo aquí y mandes plantar tus tiendas.
Schazenan nombró un Consejo para que, durante su ausencia, gobernase el Estado, poniendo al frente un ministro que le merecía absoluta confianza, y al atardecer del décimo día de la llegada del embajador, salió de Samarcanda, seguido del personal que debía acompañarle en su viaje y se dirigió al pabellón real que el Visir había hecho levantar cerca de su tienda, Entretúvose conversando con el embajador hasta media noche, y queriendo dar un postrer abrazo a la reina su esposa, encaminóse solo a Palacio y se introdujo sin previo aviso en las habitaciones de la soberana, la cual, no sospechando siquiera aquella inesperada visita, había admitido en la intimidad de su alcoba a uno de sus criados.
