Las mil y una noches

Las mil y una noches

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El Rey penetró silenciosamente en el dormitorio de su esposa, y júzguese de su sorpresa al ver un hombre en el iluminado aposento. Quedó un momento inmóvil, preguntándose si debía creer lo que sus propios ojos veían, y persuadido de que no había lugar a dudas, exclamó, al fin:

—¡Cómo! ¿Os atrevéis a ultrajarme de esa manera cuando apenas acabo de abandonar mi palacio? ¡Ah, malvados! ¡Pero no quedará impune vuestro crimen!

Desenvainó su alfanje, acercóse a los dos culpables y, en menos de lo que se tarda en contarlo, les hizo pasar del sueño a la muerte.

Hecho esto, cogió a los dos cadáveres y los arrojó por una ventana al foso que existía al pie de la misma.

Vengado de esta suerte, el Rey volvió a su pabellón, ordenó que inmediatamente fuesen levantadas las tiendas, y antes de que despuntase el día emprendieron la marcha.

El Sultán salió al encuentro de su hermano y del Visir a las puertas de la capital de la India, y, después de haberle colmado de halagos y caricias, condujo a aquél a un palacio que, por medio de un jardín improvisado expresamente, se comunicaba con el suyo.


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