Las mil y una noches
Las mil y una noches La joven era harto discreta para negarse a los deseos de Firuz, y lo más que pudo conseguir fué retenerle dos meses a su lado para que disfrutara de los bailes, los banquetes, las partidas de caza y cuantas fiestas inventó en honor de su huésped. Pasado este tiempo, decidió Firuz su viaje y rogó a la Princesa que le acompañase a Chiraz para presentarla al rey de Persia, pagándole en su capital la generosa hospitalidad que de ella había recibido.
La joven vaciló en un principio; pero, después, y sin arredrarse por las molestias del viaje, se decidió a salir sigilosamente del palacio con objeto de que nadie penetrase su intento.
Hechos los preparativos, y mientras todos dormían, al amanecer del siguiente día subieron los jóvenes a la azotea, él volvió el caballo hacia el rumbo de Persia, montó después de acomodar a la Princesa, dió vuelta a la clavija, y el caballo los arrebató con la celeridad del rayo.
Iba el animal atravesando los aires con su acostumbrada rapidez; y el Príncipe lo gobernaba de tal modo, que a las dos horas y media de marcha descubrieron los viajeros la capital de Persia.
No fueron a detenerse a la plaza ni al palacio del Rey, sino a un alcázar de recreo situado a poca distancia de la ciudad. Allí dejó Firuz a la Princesa, y fué a avisar a su padre de la fausta nueva de su regreso.