Las mil y una noches
Las mil y una noches El Príncipe, al concluir su relato, no dejó pasar la ocasión de decir a la princesa de Bengala que todos los riesgos los daba por bien empleados a cambio de haber visto su peregrina hermosura, y que le ofrecía su corazón y su mano. Iba ya la joven a contestar a las halagüeñas palabras de Firuz, cuando una esclava fué a anunciar que la comida estaba dispuesta. Terminado el suntuoso banquete, al eco de dulcísimas voces y de sonoros instrumentos, recorrieron los Príncipes todos los jardines y departamentos del palacio, que Firuz calificó de maravilloso y espléndido hasta lo infinito.
—Aun es mejor el del Rey mi padre —dijo la joven—, y vos seréis de mi opinión luego que le hayáis visto, porque no dudo que desearéis conocer a mi padre para que os trate con los honores debidos a vuestro mérito y rango.
—Con gran placer admitiría la oferta que me hacéis, Princesa, y no encuentro palabras con que expresaros mi gratitud; pero reflexionad la angustia y la zozobra en que estará mi padre desde que desaparecí en el caballo, y sería en mí un crimen imperdonable el no sacarle pronto de su aflicción. Si me permitís y me juzgáis digno de la dicha de ser esposo vuestro, dejadme ir a mi país a participar al Rey los proyectos que tengo, y estoy seguro de que se apresurará a pedir para mí vuestra mano al rey de Bengala.