Las mil y una noches
Las mil y una noches El PrÃncipe le dió a conocer su estirpe y algo de la aventura por medio de la cual se encontraba a sus plantas, rogándole que le tratase sin enojo en su extraña situación.
—PrÃncipe —dijo la joven—, la hospitalidad y la cortesÃa reinan en Bengala como en Persia; nada tenéis que temer, y mi palacio y mi reino están a disposición vuestra.
Firuz dió las gracias de un modo expresivo a la Princesa, por la acogida que le dispensaba, y la joven, a pesar del deseo que tenÃa de saber los medios extraordinarios de que el gallardo mancebo se habÃa valido para penetrar en el edificio y llegar hasta ella, dispuso que las esclavas le condujesen a otra habitación con objeto de darle de cenar y prepararle un suntuoso lecho, como en efecto lo verificaron.
Al dÃa siguiente la Princesa, prendada también por su parte de la apostura y gentileza de Firuz, se adornó la cabeza con gruesos diamantes, el cuello y los brazos con ricas joyas, y se vistió un magnÃfico traje de una tela de las Indias que sólo se fabricaba para los monarcas en aquel tiempo. Envió en seguida a buscar al prÃncipe persa, el cual se presentó en el salón y refirió minuciosamente a la joven cuanto habÃa ocurrido el dÃa de la fiesta del Nevrur y los peligros que corriera en su viaje aéreo y al atravesar luego la cámara donde estaban dormidos los guardas eunucos.