Las mil y una noches
Las mil y una noches Entretanto, el príncipe Firuz perdió la tierra de vista a la hora escasa de su elevación al espacio, y medio trastornado dió vueltas a la misma clavija en sentido, inverso, tirando al caballo de la brida; pero éste le arrebataba con la misma o mayor rapidez, hasta que al fin descubrió la otra clavija, la oprimió, el caballo comenzó a bajar, puesto ya el sol, y a las doce de la noche, en medio de una gran obscuridad, se detuvo en tierra. El Príncipe reconoció el lugar donde estaba y vió que era la azotea de un magnífico palacio, guarnecido con balaustrada de mármol. Luego vió una puerta con su escalera, por la cual bajó, encontrándose de repente en una sala. Allí, a la luz de un farol, vió a varios eunucos negros que dormían, cada uno con el alfanje desenvainado junto a sí, y supuso que sería la guardia de alguna reina, como así era efectivamente. El aposento de la Princesa comunicaba con la sala, y Firuz, sin titubear, entró en la habitación donde reposaba la Princesa rodeada de muchas esclavas. Acercóse de puntillas, y al ver la deslumbradora belleza de la dama quedó prendado de su sin igual hermosura.
Despertóse la Princesa y permaneció un momento sobrecogida delante del joven, pero sin dar muestras de terror ni de asombro.
Era la hija mayor del rey de Bengala, y aquél el palacio que le destinaba su padre para que disfrutase de las delicias del campo.