Las mil y una noches
Las mil y una noches Cuando el indio se vió libre, como los que habían ido a sacarle de la cárcel le contaron la vuelta de Firuz con la Princesa en el caballo encantado, el lugar en que habían echado pie a tierra y que el Sultán se aprestaba a ir en su busca y conducirla a Palacio, no vaciló en adelantarse, y sin pérdida de tiempo llegó al palacio de recreo diciendo que iba en nombre del rey de Persia a conducir a la princesa de Bengala en la grupa de su caballo por los aires hasta la plaza de la ciudad, donde le esperaba la Corte, que quería dar al pueblo tan magnífico espectáculo. El jefe de la guardia conocía al indio, y sin sospechar de él, puesto que le veía ya en libertad, le presentó a la Princesa, quien no tuvo inconveniente en acceder por su parte a lo que creyó una orden del Rey.
El indio, satisfecho de la facilidad con que iba a llevar a cabo su pérfida alevosía, montó a caballo, colocó a la Princesa en la grupa, y dando vuelta a la clavija, se lanzó al espacio con su presa. En seguida pasó por encima del Sultán y de toda la suntuosa comitiva que se dirigía al alcázar en busca de la joven.