Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Es imposible describir el enojo del Sultán y la aflicción del Príncipe al convencerse de la infame tropelía del indio y de su horrible venganza. Firuz creyó morir de dolor, pero moderó en lo posible su profunda pena y se dirigió solo al alcázar donde había sido robada la princesa de Bengala. Una vez allí ordenó a uno de sus servidores que con la mayor reserva le llevase un traje de derviche.

Cerca del palacio había un convento de estos monjes, de donde, a fuerza de astucia, se pudo conseguir el vestido completo.

Disfrazado el Príncipe y provisto de una caja de perlas y piedras preciosas para atender a las necesidades del viaje, salió una noche del palacio, sin plan fijo, pero resuelto a buscar a la Princesa, aunque fuese en el centro de la tierra.

Volvamos ahora nuestra atención al indio, que el mismo día de su salida llegó temprano a un bosque inmediato a la capital del reino de Cachemira.

Dejó a la Princesa al pie de un árbol para ir a procurarse algún alimento.

Estaban comiendo algunas manzanas, cuando la joven, que anhelaba salir del poder de su infame raptor, comenzó a dar agudos gritos al ver pasar una partida de jinetes que al momento los rodearon.

Era el sultán de Cachemira, que volvía de caza con brillante séquito.


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