Las mil y una noches
Las mil y una noches Interpeló al indio, éste dijo que aquella joven era su mujer y que nadie tenía derecho a mezclarse en sus asuntos, pero la Princesa se apresuró a desmentirlo con tales lágrimas y tanta elocuencia, que el Sultán, persuadido de la verdad de sus palabras, mandó a sus soldados que sujetasen al indio y le cortasen la cabeza.
Ejecutóse fielmente esta orden, con tanta mayor facilidad cuanto que no tenía armas para defenderse.
Libre la Princesa de un peligro, cayó en otro mayor todavía, porque cuando esperaba que el sultán de Cachemira la enviase a la capital de Persia, toda vez que por el camino del bosque le refirió su historia y sus amores, le dijo el soberano que, lejos de eso, estaba prendado de su hermosura y que había resuelto casarse inmediatamente con ella. La Princesa, ya en Palacio, oyó el ruido de los atabales y trompetas que anunciaban al pueblo los desposorios del Sultán, y le dió un horrible desmayo, rodando al suelo sin sentido.