Las mil y una noches

Las mil y una noches

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En este intervalo el príncipe Firuz había recorrido con el traje de derviche varias provincias y ciudades, sin encontrar en ninguna a su querida Princesa, hasta que llegó a un gran pueblo de la India donde le contaron con todos sus pormenores la muerte del indio, la locura de la joven, el amor del Sultán, y cuanto acabamos de referir, en una palabra. Encaminóse, pues, a Cachemira, se vistió de médico, y con este traje y la barba larga que se había dejado crecer por el camino, fué a Palacio, se presentó al Sultán, y le dijo que poseía remedios inestimables y milagrosos para que la infeliz Princesa recobrase la perdida razón.

El Sultán le contestó que la joven no podía soportar la vista de un médico sin entregarse a furiosos arrebatos que agravaban su dolencia, y le condujo a un gabinete con objeto de que la contemplase a través de una celosía.

Firuz reconoció a su adorada Princesa sentada y cantando, con los ojos arrasados en lágrimas, una triste canción lamentándose de su suerte, puesto que quizás no volvería a ver al Príncipe su prometido esposo.

Firuz comprendió al punto que era fingida aquella locura, aseguró al Sultán que la demencia no era incurable, pero que tenía precisión absoluta de hablar a solas con la enferma para conseguir buenos resultados.

En lo tocante a los arrebatos esperaba que desapareciesen instantáneamente.


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