Las mil y una noches

Las mil y una noches

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El Sultán dispuso abrir la puerta del aposento de la loca, y entró en él el supuesto médico. La Princesa, tomándole por tal, prorrumpió en gritos y denuestos, pero Firuz se acercó a ella y en voz casi imperceptible le dijo, sin que nadie pudiera escucharle:

—Princesa, no soy médico, sino el Príncipe de Persia que viene a devolveros la vida, la dicha y la libertad.

La Princesa reconoció a Firuz y al punto se iluminó su semblante de extraordinario júbilo, sin poder pronunciar por de pronto ni una palabra. Refirió el Príncipe su angustia, su dolor al ver que el indio le arrebataba la dicha, la resolución que había tomado de abandonarlo todo para buscarla en lo más recóndito del Universo, y por qué coincidencia, en fin, tenía la dicha de encontrarla en la corte de Cachemira. La Princesa, repuesta un poco del sobresalto, contó a Firuz los incidentes de su viaje, y el amor del Sultán, que estaba dispuesto a todo trance a desposarse con ella.

—¿Sabéis dónde está el caballo encantado? —preguntó el joven precipitadamente.

—Lo ignoro —respondió la Princesa—, pero supongo que el Sultán lo tendrá guardado en alguna habitación secreta.


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