Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Era horrible, de gigantesca estatura, montaba un fogoso caballo tártaro e iba armado de una enorme cimitarra. El príncipe Codadac, sin intimidarse al aspecto del monstruo, desenvainó el alfanje y le esperó a pie firme; el negro le intimó con desprecio que se rindiera, pero Codadac se adelantó e hirióle la rodilla en señal de desafío. El negro dió un grito horroroso, y echando espumarajos de rabia por la boca, se lanzó hacia el joven para aniquilarlo con su cimitarra. Iba el golpe descargado con terrible violencia, pero Codadac pudo evitarlo y tiró a su enemigo tan tremenda cuchillada, que le cortó el brazo derecho de un solo tajo. Cayó a tierra el negro, y el Príncipe, ligero como una flecha, se arrojó sobre él y le separó instantáneamente la cabeza del tronco registrándole los bolsillos para apoderarse de las llaves de los calabozos.

La joven, que había presenciado el formidable combate, se postró a los pies de Codadac, en señal de entusiasmo y gratitud, luego que el Príncipe entró en el palacio, y ambos se dirigieron sin pérdida de tiempo a los calabozos para dar libertad a los infelices prisioneros. Éstos, al oír el ruido de las llaves, creyeron que se acercaba el negro y prorrumpieron en lamentos desgarradores, así es que al convencerse de la realidad, y libres ya en el patio del edificio, dieron gracias al Cielo y al valiente guerrero que les había salvado de la muerte.


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