Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Doy gracias al Cielo por haberme deparado un hombre cortés como vos para librarme de la muerte, pero ya que habéis empezado una obra tan caritativa, os conjuro para que no dejéis de completarla. Id, por favor, a la ciudad, buscad un arriero que venga con una mula a cargar conmigo y llevadme a vuestra casa. Allí os diré quién soy y os referiré mi historia; entretanto, tened por seguro que no habéis obligado a una ingrata.

El joven mercader tomó la caja, volvió a poner dentro de ella a la señora, cerró la tapa y después llenó el hoyo de tierra.

Fué a la ciudad y volvió con el arriero para llevarse la caja a lomos de la mula.

Su alegría fué extrema cuando vió descargar la caja en su casa.

Despedido el arriero, y cerrada la puerta por uno de sus esclavos, abrió Ganem la caja, ayudó a la señora a salir de ella, le dió la mano, y la condujo a su departamento, compadeciéndola de cuanto había sufrido en aquella estrecha cárcel.

—Si he sufrido —contestó ella—, quedo bien resarcida con lo que habéis hecho por mí y por el placer de verme en lugar seguro.

Sentóse en un sofá y, reconocida al mercader, se quitó el velo delante de él.


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