Las mil y una noches
Las mil y una noches Al ver los frescos y rojos colores de su rostro y su respiración tranquila y regular, conoció que se hallaba llena de vida.
La señora, al contacto del aire, estornudó; con un esfuerzo que hizo volviendo la cabeza, echó por la boca un extraño licor, y abriendo y cerrando los ojos gritó con una voz que hizo estremecer a Ganem:
—Flor del Jardín, Rama de Coral, Caña de Azúcar, Luz del Día, Estrella de la Mañana, Delicia del Ambiente, hablad, pues, ¿dónde estáis?
Ganem entonces se presentó a ella con todo respeto y con la mayor cortesía, diciéndole:
—Señora, no puedo expresar sino muy débilmente el placer que siento de haberme encontrado aquí para haceros el servicio que os acabo de hacer, y por poder ofreceros los socorros de que necesitáis en el estado en que os veo.
Le dijo quién era y contó por qué se había encontrado allí, la llegada de los tres esclavos y el enterramiento de la caja. La señora, que se había tapado la cara con el velo, vivamente conmovida, le dijo: