Las mil y una noches
Las mil y una noches —Bien veo —dijo ella— que ese discurso os causa pena, pero dejémoslo y hablemos de la obligación infinita que os debo. No puedo explicar suficientemente mi alegrÃa cuando pienso que sin vuestro auxilio estarÃa privada de la luz del sol.
Después de comer, Ganem dijo a Tormenta:
—Señora, desearéis sin duda reposar; os dejo, y cuando necesitéis de mÃ, hacedme llamar y me veréis pronto a cumplir vuestras órdenes.
Salió a comprar dos esclavas y, presentándolas a Tormenta, le dijo:
—Señora, una persona como vos necesita, por lo menos, dos mujeres que la sirvan.
Tormenta agradeció la atención de Ganem y le respondió:
—Señor, veo bien que no sois hombre de hacer, las cosas a medias.
Cuando las esclavas se hubieron retirado, el joven mercader se sentó en el sofá en que estaba Tormenta, pero a una distancia respetuosa.
—Señor… —dijo Tormenta.
—¡Ah, señora! —interrumpió Ganem—, tratadme como esclavo vuestro, porque tal soy y no dejaré de serlo jamás.