Las mil y una noches
Las mil y una noches —No, no —interrumpió Tormenta a su vez—, me guardarÃa yo muy bien de tratar asà al hombre a quien debo la vida. Estoy demasiado penetrada de vuestra conducta respetuosa para abusar de ella y os confieso que no veo con indiferencia los cuidados que por mà os tomáis. No puedo deciros más.
Sentáronse los dos a la mesa.
La cena duró largo tiempo, y era muy avanzada la noche sin que pensasen en retirarse.
Ganem, no obstante, pasó a otro departamento, dejando a Tormenta en aquel en que estaba, donde la servÃan las dos esclavas.
Asà vivieron los dos durante muchos dÃas.
El joven mercader no salÃa casi de su casa y sólo en los momentos en que Tormenta dormÃa, no queriendo perder un solo momento de estar a su lado.
Aunque los dos se amaban con igual afecto, la consideración del Califa les retenÃa en los lÃmites que la misma exigÃa, haciendo aún más viva su pasión.
Mientras que Tormenta pasaba tan apaciblemente el tiempo en la casa de Ganem, Zobeida no estaba tranquila en el palacio de Haroun-al-Raschid.
—Mi esposo —decÃa entre s× amaba a Tormenta más que a otra alguna de sus favoritas. ¿Qué contestaré cuando me pida noticias de ella?