Las mil y una noches
Las mil y una noches Al ver aquel monstruo, el pescador, horrorizado, quiso huir, pero el miedo le dejó como petrificado en la playa.
—¡Salomón! Gran Profeta de Dios —exclamó el Genio—, perdóname; jamás me opondré a tu voluntad, y tus órdenes serán puntualmente obedecidas.
—¿Qué es lo que decís, espíritu soberbio? —replicó el pescador—. Hace más de mil ochocientos años que murió Salomón.
—Háblame con más cortesía, o te arranco la existencia —repuso el Genio en tono de amenaza.
—¿Es decir, que me mataréis en pago de haberos puesto en libertad? ¡Pues vaya una recompensa! ¡Pronto lo habéis olvidado!
—Eso no se opone a que mueras a mis manos, y la única gracia que te concedo es que elijas la clase de muerte que va a poner fin a tus días.
—Pero ¿en qué he podido ofenderos? —preguntó el infeliz pescador, lleno de angustia.
—En nada, pero es forzoso que te trate así, y como prueba de ello escucha mi historia: