Las mil y una noches
Las mil y una noches La ilusión fué tan completa, que cuando el marido preguntó al animal lo que había sucedido durante su ausencia, éste le contestó que la lluvia, los truenos y los relámpagos le habían impedido ver ni observar nada.
Como el buen hombre sabía que la noche, lejos de ser tempestuosa, había sido serena y apacible, se convenció de que el pájaro no dijo la verdad ni respecto a la mujer ni menos en cuanto a la temperatura.
Indignado, pues, sacó el papagayo de la jaula y lo arrojó al suelo con tal fuerza, que le aplastó al animalito la cabeza. Supo más tarde el buen hombre que su esposa no le amaba, que el papagayo había dicho la verdad al acusarla de indiferente, y se arrepintió mucho de haber dado muerte al pobre pájaro.
Cuando el rey griego hubo concluido la historia que antecede:
—Y vos, Visir —añadió—, impulsado por la envidia, queréis que dé muerte al médico Dubán, que ningún daño os ha hecho; pero me guardaré muy bien de seguir tal consejo, para no arrepentirme como el buen hombre del cuento que mató a su papagayo.