Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Señor —replicó el infame Visir, decidido a perder al médico—, cuando se trata de asegurar la vida de un rey, la simple sospecha, la acusación sola equivale a la certidumbre, y más vale sacrificar al inocente que salvar al culpable. Lo repito una vez más: el médico Dubán quiere asesinaros, y no es la envidia, sino el amor a mi soberano lo que me hace dar este aviso a Vuestra Majestad.

Señor, si no tomáis las debidas precauciones, os será funesta la confianza que tenéis en el médico Dubán; y yo sé con seguridad que es un espía infame, pagado por los enemigos de Vuestra Majestad para atentar a su preciosa vida. Os ha curado, es verdad, pero quizá nada más que en apariencia y no radicalmente.

¿Quién sabe si sus remedios no producirán con el tiempo efectos mortales?

El Rey griego, hombre de cortos alcances, no tuvo bastante penetración para conocer la negra perfidia de su Visir, ni tampoco suficiente firmeza de carácter para persistir en su primera resolución.

Las últimas palabras del Visir le convencieron de lo que antes no quiso creer.

—Visir —le dijo—, tienes razón, y tal vez haya venido ese médico a la Corte a quitarme la vida, lo cual le es muy fácil conseguirlo por el simple olor de una de sus drogas.


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