Las mil y una noches
Las mil y una noches »El Califa la recibió, y cuando se dió cuenta de la tristeza de que estaba poseída, que no disminuía en un ápice su espléndida hermosura, porque ella se presentó a su señor sin señal alguna de sorpresa o espanto:
»—Schesnselnihar —le dijo con una bondad digna de él—, no puedo sufrir que vengáis aquí con un aspecto que me aflige infinitamente. Sabéis bien con qué pasión os he amado siempre y debéis estar persuadida de ello por todas las pruebas que os he dado. No he cambiado y os amo como nunca. Tenéis enemigos que me han hecho delaciones respecto a vuestro comportamiento, pero todo cuanto me han dicho no me ha hecho la menor impresión. Rechazad, pues, esta melancolía y disponeos a hacerme pasar una noche con placer y alegría, según lo acostumbrado.
»Le dijo después otras cosas cariñosísimas y la hizo entrar en un aposento magnífico contiguo al suyo, donde le suplicó que le esperase.
»La afligida Schesnselnihar fué siempre muy sensible a tantos testimonios de consideración para con ella, pero cuanto más conocía cuán obligada estaba respecto del Califa, tanto más la torturaba el pensamiento de estar alejada, y tal vez para siempre, del príncipe de Persia, sin el cual no podía vivir.