Las mil y una noches
Las mil y una noches Los dos jóvenes no dudaron ya sobre el partido que deberían tomar, y al día siguiente dijeron al Sultán que estaban prontos a seguirle a la capital y ponerse a sus órdenes. El soberano, muy gozoso, los colocó a su lado en la cabalgata, honor insigne que dispensaba a pocos personajes de la Corte, y así entró en la ciudad, cuyos habitantes quedaron prendados de la gallardía y gentileza de ambos jóvenes.
Una vez llegados a Palacio, comieron en la mesa misma del Sultán, conversando con tal lucidez e ilustración que el soberano de Persia no volvía en sí de entusiasmo y sorpresa, al encontrar dos personas de tanto talento bajo la apariencia de sencillos cazadores.
Concluido el banquete, se celebró un magnífico concierto vocal e instrumental, hasta que acercándose la noche se despidieron los Príncipes del Sultán, muy agradecidos por los obsequios que les había dispensado, y no sin rogarle que honrase su casa en la primera ocasión que fuese a cazar por las cercanías. Así ofreció el Sultán que lo haría con sumo placer, y Parizada, al saber la promesa del soberano, fué en el acto a consultar con el pájaro acerca de lo que debería presentar al Sultán que fuera de su agrado.
—Lo que más gusta a Su Majestad —repuso el pájaro— es un plato de pepinos con relleno de perlas.