Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Regresó el soberano a la capital con toda presteza, y su primer acto fué ordenar el arresto de las envidiosas hermanas de su esposa; hecho así, y confesas y convictas del crimen de infanticidio, fueron descuartizadas inmediatamente. Todo se ejecutó en menos de una hora. En seguida fué el Sultán con lujosa comitiva a la puerta de la mezquita, a sacar a su esposa de la cárcel de madera en que había pasado tantos años, y públicamente le pidió perdón de la injusticia cometida, participándole el castigo de sus culpables hermanas. La Sultana, vuelta a Palacio y a su rango y consideraciones, se vistió un traje magnífico, y en unión de su esposo se trasladó a la quinta donde habitaban sus hijos, a los cuales no conocía, circunstancia que no amenguó el cariño que su maternal corazón les profesaba.

Es indescriptible la escena que tuvo lugar en la casa de campo, como asimismo el asombro de la Sultana al contemplar el pájaro, el árbol y el agua de oro. En seguida se dirigieron todos a la Corte, seguidos de una brillante comitiva, y los habitantes de la ciudad, que ya sabían que el Sultán había descubierto a sus tres hijos y devuelto a la Sultana su libertad, se agolpó en tropel en las calles del tránsito para aclamar y vitorear a sus Príncipes.

Parizada no quiso abandonar su pájaro, el cual atraía a las aves que se posaban cantando sobre los árboles y sobre los tejados de las casas.


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