Las mil y una noches
Las mil y una noches —SÃ, pero fueron las hermanas de la Sultana, envidiosas de su brillante casamiento —añadió el pájaro—. Éstos que aquà veis son vuestros hijos, arrojados al agua y recogidos por el jardinero mayor de Palacio, que los educó con cariñoso esmero.
—Doy entero crédito a lo que me dices —exclamó el Sultán conmovido—, porque desde el primer momento comprendà por instinto que la sangre de estos PrÃncipes era la mÃa propia. Venid acá, hijos mÃos, que yo os abrace y os haga las caricias de un tierno padre.
Abrazáronse todos derramando lágrimas de gozo, y terminada la comida, dijo el soberano que al dÃa siguiente volverÃa a la quinta de los PrÃncipes para presentarles a la Sultana, su madre, y que por lo tanto se dispusiesen a recibirla.