Las mil y una noches
Las mil y una noches El Sultán quedó embelesado al oÃr la música maravillosa, y también quiso saber de qué paÃs provenÃa el árbol; la Princesa, sin embargo, no satisfizo su curiosidad y le llevó a ver el pájaro que hablaba. Al acercarse el soberano al salón, vió un sinnúmero de pájaros que hacÃan resonar sus trinos en el aire; mucho extrañó que estuviesen allà y no en los árboles del jardÃn, y fué mayor su asombro cuando oyó que la Princesa dijo, dirigiéndose al pájaro que estaba en la ventana:
—Esclavo mÃo, he aquà al Sultán; salúdale cual sé merece y le corresponde por su alta jerarquÃa.
Dejó el pájaro de cantar, y respondió:
—Que sea bien venido el Sultán, a quien Dios colme de prosperidades.
—Te doy las gracias por tus buenos deseos, y me complace ver en ti al Rey de los pájaros —contestó el Sultán maravillado.
En seguida, se pusieron a la mesa, y cuando llegó el turno al plato de los cohombros, al partir uno, vió Su Majestad el relleno de perlas, y miró alternativamente a los PrÃncipes y a la Princesa para interrogarles; pero el pájaro se adelantó y dijo:
—Señor, ¿Vuestra Majestad se pasma de ver un relleno de perlas, habiendo creÃdo tan fácilmente que la Sultana, su esposa, diera a luz tres monstruos?
—Asà me lo aseguraron —respondió el Sultán.