Las mil y una noches
Las mil y una noches A la mañana siguiente fueron, los Príncipes a encontrar al sultán de Persia para conducirle a su casa, donde le esperaba la princesa Parizada, de quien el Sultán quedó prendado al ver su belleza y su finura en los saludos y las palabras que le dirigió antes de enseñarle la quinta, que el sultán de Persia comparó con mi magnífico palacio; pero lo que más le llamó la atención fué el jardín y el surtidor de agua de color de oro.
—¿De dónde proviene esta agua maravillosa —dijo—, que no me canso de mirarla? ¿En qué sitio está el manantial de este surtidor que no tiene igual en el mundo?
La Princesa no le contestó nada y le condujo al árbol que cantaba.
—No veo los músicos que cantan tan deliciosamente —dijo el Sultán mirando a uno y otro lado—; ¿están debajo de la tierra o suspendidos e invisibles en el aire?
—Señor —respondió la Princesa sonriendo—, no son músicos los que forman ese concierto, sino las hojas del árbol que tiene delante Vuestra Majestad. Acérquese más y se convencerá de ello.