Las mil y una noches
Las mil y una noches Hasta entonces el mercader a quien había, confiado el tarro de aceitunas no se acordó siquiera de él, pero una noche estaba cenando, y su esposa manifestó deseo de comer aceitunas; el mercader, creyendo, después de tanto tiempo, que su compañero había muerto en la peregrinación, tomó una luz, fué en busca de las aceitunas y las encontró todas podridas. Quiso cerciorarse de si las del fondo estaban en el mismo estado, volcó el tarro y salió el oro con gran estrépito; el mercader, naturalmente codicioso, volvió a colocar las cosas en el mismo estado al ocurrírsele cierta idea, y dijo a su mujer que las aceitunas estaban podridas y no se podían utilizar de modo alguno, ocultándola, por supuesto, el secreto que había descubierto. Pasó toda la noche en inventar el medio de apoderarse del oro de Alí Cojía, y casi al amanecer compró aceitunas frescas con las que llenó el tarro, después de guardar las monedas.
Llegó Alí de regreso de su viaje, y cuando se repuso un poco de las fatigas de la caminata, fué a casa de su amigo a rogarle que le devolviese el tarro de aceitunas.
—Tomad la llave del almacén —dijo el otro— e id a recoger vuestro depósito, que hallaréis en el mismo sitio en que lo dejasteis.