Las mil y una noches

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En efecto, allí estaba, y Alí Cojía se lo llevó a su casa y vió con dolor que las monedas habían desaparecido, lo cual le causó un gran desengaño al convencerse de la infidelidad de su falso amigo. Volvió a casa de éste a decirle con templanza que sin duda en un apuro habría echado mano del dinero que había en el tarro; pero el mercader, lejos de confesar la verdad, negó que hubiese tomado las monedas, cuya existencia ignoraba de todo punto, según afirmó, puesto que Alí Cojía al marchar sólo le habló de aceitunas. Insistió Alí, el mercader repitió su negativa en términos descorteses; la gente, a los gritos de ambos, se paraba ya delante del almacén, hasta que Alí Cojía, asiendo del brazo a su amigo desleal, le dijo que lo citaba ante la ley de Dios para ver si en presencia del Cadí se atrevía a negar su delito.

—Vamos allá y sabremos quién tiene razón —contestó el mercader, que a esta intimación no pudo ya oponer resistencia.






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