Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Una vez delante del Cadí, acusó Alí Cojía al mercader de haberle robado un depósito de mil monedas de oro con las circunstancias que acabamos de expresar: el mercader no hizo en su defensa sino repetir lo que había dicho ya a Alí Cojía, añadiendo que estaba pronto a jurar que era falso que hubiese tomado las monedas. Exigióle el Cadí el juramento, y como Alí no tenía testigos que justificasen su afirmación, el mercader fué absuelto libremente, de cuya sentencia protestó Alí Cojía, declarando que iba a acudir al Califa para que el criminal no quedase impune. Mientras el mercader se retiraba triunfante a su casa, Alí Cojía fué a la suya a escribir un memorial que entregó al Califa a la entrada de la mezquita, y en seguida recibió una intimación para que se presentase en Palacio al día siguiente a la hora de audiencia.

Aquella misma noche salió el Califa disfrazado, en compañía de su gran Visir, a hacer por la ciudad su ronda de costumbre, cuando oyó ruido a la puerta de una casa; apresuró el paso, y vió en el patio a diez o doce muchachos que jugaban a la claridad de la luna. Sentóse el Califa a observar en un banco de piedra, y oyó que uno de los chicuelos decía:

—Vamos a jugar al Cadí; yo lo seré y traedme a Alí Cojía y al mercader que le robó las mil monedas de oro.


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