Las mil y una noches
Las mil y una noches Al escuchar estas palabras se acordó el Califa del memorial de aquella mañana, asà es que puso toda su atención en oÃr el juicio del muchacho, cuyos compañeros aceptaron la propuesta del juego con apresuramiento, porque el asunto del mercader habÃa hecho, mucho ruido en la ciudad. Elegidos dos chicos que iban a representar el papel de los contendientes, el supuesto Cadà preguntó con suma gravedad al muchacho que hacÃa de AlÃ:
—¿Qué es lo que pedÃs a este mercader?
Respondió el otro con el relato del caso, defendiéndose el mercader en los términos que ya hemos dicho, porque el niño repitió una por una sus palabras, y antes que prestase el juramento dijo el CadÃ:
—Para dictar la sentencia, necesito ver el tarro de las aceitunas.
—Aquà está, señor —repuso Alà CojÃa, fingiendo que destapaba un tarro.
El Cadà supuso que probaba una, las celebró, y añadió después:
—Me parece que las aceitunas no debÃan estar tan buenas, puesto que hace siete años que se encuentran en el tarro. Que venga aquà para que las reconozca un vendedor de este fruto.
Presentóse un muchacho.
—¿Cuánto tiempo —le preguntó el Cad× pueden conservarse en buen estado las aceitunas?