Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Allí encontraron a un ciego, hombre de muchos años, que con la mano abierta pedía limosna a los transeuntes, y que, como a todos, detuvo a Haroum y su acompañante.

El Califa le dió una moneda de oro, y el ciego le cogió al instante la mano.

—Señor —le dijo—, quienquiera que seáis y a quien Dios haya inspirado el darme una limosna, no me neguéis el favor que os pido de darme un bofetón, porque merezco ese castigo y aun mayor todavía.

Desentendióse el Califa, y entonces el ciego le asió por el vestido.

Atónito el soberano con la petición del hombre aquél, le dijo que no podía quitar el mérito a su limosna ultrajándole en el rostro de tal suerte.

—Señor, perdonad mi inoportunidad —añadió el ciego—; o pegadme un bofetón o recobrad vuestra limosna, porque no puedo recibirla sin esa precisa condición, pues, de lo contrario, faltaría a un solemne juramento que hice ante Dios. Si supieseis el motivo, convendríais conmigo en que la pena es muy leve en comparación de la culpa.

El Califa, vencido al fin por tantas instancias, le dió un bofetoncillo, recibiendo en cambio las gracias y las bendiciones del ciego.

Continuó su camino, y a los pocos pasos dijo al Visir:


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