Las mil y una noches
Las mil y una noches —Preciso es que sea grave la causa que obliga a ese hombre a portarse asà y a tener pretensión tan extraña y ridÃcula. Vuélvete, dile quién soy y que vaya mañana a Palacio, que quiero hablarle y descubrir el misterio.
El Visir le dió al ciego, con la limosna y el bofetón correspondiente, la orden expresa de que fuera a Palacio, incorporándose en seguida al Califa.
Entraron en la ciudad, y, al pasar por una plaza, vieron un enorme grupo de curiosos en derredor de cierto joven bien vestido y montado en una yegua, a la que maltrataba cruelmente a latigazos, espoleándola de tal modo que el pobre animal estaba cubierto de sangre y de espuma.
El Califa se detuvo a preguntar el origen de aquella atroz inhumanidad.
Unos hombres le contestaron que lo ignoraban, pero que el joven iba todos los dÃas, y a la misma hora, a la plaza a castigar a la yegua con atroz barbarie.
El soberano mandó al Visir que intimase al joven la orden de presentarse al dÃa siguiente en Palacio.
Siguieron su paseo, y antes de entrar en el Alcázar, notaron en una calle de poco tránsito un magnÃfico edificio recién construido.
Aquel edificio les sorprendió, pues no sabÃan a quién perteneciese de los grandes señores de la Corte.